lunes, 5 de noviembre de 2012

Paraísos infinitos.

Otra vez me dejas Madrid para mí, para mí sola...

Fue una noche demasiado oscura en la que el Vodka me recorría de arriba a abajo, circulando sin atascos por cada milímetro de las venas que me recorren por dentro. Aún era verano, pero ya se podía notar la leve brisa acechante del otoño en el portal, donde te vi por última vez.

Un abrazo y un adiós, y nada más. Asique subí corriendo las escaleras, intentando no tropezar, aún un poco ebria. Y al llegar, la casa se me hizo eterna, todo era agotadormente infinito, qué vacío. Me desnudé sin saber por qué, porque sí, porque me apetecía, y fui a la terraza a ver si aún te veía caminar calle abajo. Levanté los dedos de los pies por el frío húmedo del suelo y la cercanía de alguna hoja caída y me incliné apoyándome en la barandilla. Pero nada, te habías esfumado.

Asique entré de nuevo y me preparé un café perfectamente caliente, con la leche a punto de hervir. Esa noche la cama parecía más esponjosa que nunca y la habitación aún más acojedora. Y allí me quedé, tan quieta, calentándome las manos, mirando la luz de las estrellas a través del espejo.

Estuviste a unos metros del Paraíso y no quisiste entrar porque hacía frío.

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