martes, 6 de noviembre de 2012

Confetti.

Me estrujas y me llenas de purpurina y de cientos de papelitos de colores que parecen caer del cielo de mi habitación. Todo lo que nos rodea es un festival de colores. Las cuatro paredes que nos ocultan forman nuestro refugio, como un pequeño rincón en el campo, en la zona más salvaje de la montaña, de cara al mar y a los acantilados. Me estrujas aún más, me besas y me coges fuerte de las manos. Entonces la corriente circula con la soltura con la que lo haría en el agua. Y en ese momento por nada del mundo te soltaría... Me apeteces mucho. Me apeteces muy mucho.

Las horas se pasan en segundos convertidos en besos aún más lujuriosos que yo misma. Recorremos cada esquina de la habitación, cada mueble nos siente en forma de la más tierna de las caricias. El espejo refleja nuestra belleza, dos seres hermosos excitados al contemplarse de esa manera, tan salvajes...

Y quizás todo debería ser así, tan colorido, tan bello, tan... vivo. Porque es la mejor forma de pasar los días que, quieras o no, terminan por esfumarse al igual que lo hace ese confetti escapándose por la ventana. Esos colores que dejan mi habitación de nuevo en blanco y negro. Pero me dejan sabiendo que volverás, o tal vez no lo hagas tú, pero alguien vendrá a sacarme de nuevo los colores.

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