viernes, 19 de octubre de 2012

Teorema de Rouché-Frobemiüs.

Te presentas ante mí como algo simple, en cambio soy yo la que está llena de ecuaciones e incógnitas. Formamos polígonos regulares, hacemos figuras abstractas, posturas. Te tumbas perpendicularmente y yo ajusto tus engranajes a mi horario, a mi manera de ser. Y tú, cual pájaro cantor, dices que te encantan mis labios más que nada, más que mis ojos acuáticos, parte de mí que más habían admirado muchos otros antes que tú.

Asique así te presentabas, tan único, tan musical, con tantas cosas de las que poder hablar, tan listo…

Y mientras, yo me araño las uñas, acurrucada en una postura complejamente elaborada, infinitamente cómoda. Y tú repites disco, y vienes y me coges, y me llevas, y yo me dejo llevar. Y al otro lado de la ventana se va haciendo de noche mientras dentro paramos el tiempo. Y los árboles nos miran curiosos, excitados, envidiosos de los huesos de mi cadera y de la efectividad de tus manos. Y se acaba la música en un segundo, pero no me importa, hace bastante que he dejado de oírla, sorda por el crujir del sofá.

Y cuando parece que ya ha acabado todo… volvemos a empezar, y hacemos eterna la noche.

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