domingo, 25 de noviembre de 2012

Frágiles.

"Somos frágiles, sometemos nuestro cuerpo a sobredosis de emoción y distancias largas que nos matan lento. No tenemos tiempo, no tenemos tiempo..."

martes, 13 de noviembre de 2012

Tu manera de matar.

Es inevitable tu presencia. Siempre igual... Has actuado como la leona que espera entre las ramas para saltar encima del recién nacido gamo, admirablemente sigilosa. Has llegado de impreviso y me has pillado sola, qué bien te lo sabes. Conoces a la perfección las normas del juego.

Pues bien, me explico: llega un punto en el principio del frío en el que, inevitablemente, me invaden la angustia, la pena, el agobio y, como consecuencia, la soledad. Porque si hay algo que odio es que me vean llorar. Pero no por nada, sino porque los ojos se me ponen rojos, y eso no me gusta. A veces deseo que alguien aparezca de repente justo en el momento de la inundación de mi cuarto, para ponerme a salvo en la cama, a modo de balsa, y así asfixiar mis penas sin miedo al ahogo.

Por esto básicamente amo el verano, porque no te hace sufrir. Y me voy a dormir diciéndole al invierno:

-No te esperaba tan temprano.

domingo, 11 de noviembre de 2012

El origen de nuestras especies.

Quizás habría que dejar de medir el amor en palabras, en actos. A veces ambos resultan demasiado contradictorios o confusos. Tal vez deberíamos acabar con esa extraña obsesión de etiquetarlo todo, de diferenciarlo para acabar diciendo si es mejor o peor que lo que le rodea.

El amor es simplemente un sentimiento, un estado, nada más complejo que el lenguage milenario o la indescifrable expresión corporal. Es lo que se siente al estar piel con piel, o a kilómetros de distancia, más allá de cualquier frontera, idioma, o forma de pensar.

Yo te miro y sé si es o no amor, así de simple. Y esque quizás el amor debería medirse no por lo que nos demuestra la otra persona, sino por lo rápido que nuestro corazón nos golpea cuando nos lo preguntamos.

martes, 6 de noviembre de 2012

Confetti.

Me estrujas y me llenas de purpurina y de cientos de papelitos de colores que parecen caer del cielo de mi habitación. Todo lo que nos rodea es un festival de colores. Las cuatro paredes que nos ocultan forman nuestro refugio, como un pequeño rincón en el campo, en la zona más salvaje de la montaña, de cara al mar y a los acantilados. Me estrujas aún más, me besas y me coges fuerte de las manos. Entonces la corriente circula con la soltura con la que lo haría en el agua. Y en ese momento por nada del mundo te soltaría... Me apeteces mucho. Me apeteces muy mucho.

Las horas se pasan en segundos convertidos en besos aún más lujuriosos que yo misma. Recorremos cada esquina de la habitación, cada mueble nos siente en forma de la más tierna de las caricias. El espejo refleja nuestra belleza, dos seres hermosos excitados al contemplarse de esa manera, tan salvajes...

Y quizás todo debería ser así, tan colorido, tan bello, tan... vivo. Porque es la mejor forma de pasar los días que, quieras o no, terminan por esfumarse al igual que lo hace ese confetti escapándose por la ventana. Esos colores que dejan mi habitación de nuevo en blanco y negro. Pero me dejan sabiendo que volverás, o tal vez no lo hagas tú, pero alguien vendrá a sacarme de nuevo los colores.

lunes, 5 de noviembre de 2012

NEON.

A veces sólo hace falta un gesto, una mirada, una caricia o una palabra para saber que es el momento oportuno para actuar. Otras veces, en cambio, necesitamos un empujón para darnos cuenta de que lo que nos rodea está en contínuo movimiento, en un cambio constante, circular y perfecto. En estos casos, llegar a saber lo que ocurre realmente es casi imposible si no tienes algo o alguien que te recuerde que la realidad es efímera.

Es terriblemente doloroso no ser correspondido, pero aún es más doloroso un amor entre dos personas que, aparentemente, no quieren estar juntas por miedo a acabar con algo maravilloso que ya de por sí les une.

Asique a veces (tal vez muchas veces), necesitamos un neón, un cartel luminoso que nos indique que ese amor es mutuo y que no debemos tener miedo de él.

A veces arriesgarse tan peligrosamente no conlleva perder. A veces, muchas veces, todo sale bien.

Paraísos infinitos.

Otra vez me dejas Madrid para mí, para mí sola...

Fue una noche demasiado oscura en la que el Vodka me recorría de arriba a abajo, circulando sin atascos por cada milímetro de las venas que me recorren por dentro. Aún era verano, pero ya se podía notar la leve brisa acechante del otoño en el portal, donde te vi por última vez.

Un abrazo y un adiós, y nada más. Asique subí corriendo las escaleras, intentando no tropezar, aún un poco ebria. Y al llegar, la casa se me hizo eterna, todo era agotadormente infinito, qué vacío. Me desnudé sin saber por qué, porque sí, porque me apetecía, y fui a la terraza a ver si aún te veía caminar calle abajo. Levanté los dedos de los pies por el frío húmedo del suelo y la cercanía de alguna hoja caída y me incliné apoyándome en la barandilla. Pero nada, te habías esfumado.

Asique entré de nuevo y me preparé un café perfectamente caliente, con la leche a punto de hervir. Esa noche la cama parecía más esponjosa que nunca y la habitación aún más acojedora. Y allí me quedé, tan quieta, calentándome las manos, mirando la luz de las estrellas a través del espejo.

Estuviste a unos metros del Paraíso y no quisiste entrar porque hacía frío.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Siempre nos resulta muy fácil decir qué no queremos, en cambio enmudecemos cuando nos preguntan qué es entonces lo que sí queremos.

También es mucho más fácil pasarse el día quejándose de todo en vez de llegar y decir "Oh vaya, esto me encanta".

Y yo soy la primera que lo hace. Me he dado cuenta que en el 80% de mis conversaciones siempre suelto un "ay pues me duele esto" o "esque estoy tan agobiada por los examenes..." Y entonces pienso que debería decir lo mucho que me gusta tal cosa o lo mucho que disfruto haciendo esa otra.

Quizás sea porque resulta más fácil o porque vete tú a saber qué, pero esto es así, y vivimos en un mundo demasiado alucinante como para ver sólo las sombras.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Katy Perra.

Porque celebrar Halloween el 31 es demasiado mainstream, nosotros lo celebramos ayer. Bebida, risas, besos, bailes y muuuuuchos disfraces. La tarde ya empezaba bien, en casa de Marilyn con Alaska y Mario, una muñeca diabólica, un vaquero zombie y una vampiresa. Y yo, con unas ganas tremendas de que empezase la fiesta, con ganas de él.

En medio de los focos y de la música me olvidé de los malos amigos, se apartaron diferencias y la noche se hizo apeteciblemente larga. Y, dejando atrás detalles morvosos de cómo o quién disfruto de mi disfraz de chuche, he de decir que me encanto ser Katy Perra.

Y, después de dormir en casa de la prostiputa y despertarme a horas indignas y de que su hermano me ofreciese comer rico kebab, por fin llego a casa y me ducho. ¡Agua azul por todas partes!, como me encanta. Pero mi pelo no quiere no ser Katy Perry, asique aun quedan restos de anoche, si si restos, al igual que en mi cuello.