No me gusta
rescatar excusas
de segundos
cajones,
ni decirte
que el amanecer se
alcanza con
las manos
y que
tocarte es lo más parecido
al cielo que
conozco.
Que desde
que te has ido
soy menos yo
y tú eres
menos tú,
y esto no se
soluciona
con un par
de mensajes a oscuras.
Pero sólo me
hace falta saber que estás,
que puedo
-cuando
quiera-
pintarle
horizontes a tus ojos y perderme dentro.
Que soñarte
y no soñarte acaba por ser lo mismo
porque,
cuando
despierto,
es el sol y
no tus manos quien me calienta las piernas.
Te cedo mi
frío,
te cedo a mí
entera.
En tu país o
en el mío,
me da igual,
me gusta que
existas.