–Y restos de
lágrimas en las mejillas y en las manos. – concluyó – Quizás es peor tenerla
que que me falte, ¿no crees?
Nunca se me ha
dado bien aconsejar, pero creo que por una vez comprendía la situación: cada
noche ella le susurraba sus ganas hasta que se convertían en gritos que
clamaban ahogadamente soledad; y él, que
había comprendido que no podía salvarla, se volvía cada día un poco más loco. Creo
que fue la desesperación, había decidido que no podía más.
-Yo creo que…
-Soledad
acompañada de mí… –me cortó – ¡qué dulzura!, decía… Pero nadie puede aguantar
esos cambios de humor – me sacudió– ¿¡entiendes!?
– y rompió a llorar.
–Yo… le dije que
no volvería, y entonces susurró lo mismo que cantan los pájaros muertos de mi
ventana.